viernes, marzo 20, 2009

La Fábula de los ciegos (inspirada en Voltaire)



Durante los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir las monedas de cobre y las de plata, y nunca se dió el caso de que ninguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el de Borgoña. Tenían el olfato mucho más sensible que el de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer brillantes razonamientos, es decir que sabían de ellos cuanto hay que saber, y de esa manera vivían tranquilos y felices en la medida en que tal cosa sea posible para unos ciegos.
Por desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la pretensión de saber algo concreto acerca del sentido de la vista. pronunció discursos, agitó cuanto pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal del gremio de los ciegos. Sentaba cátedra sobre el mundo de los colores, y desde entonces todo empezó a salir mal.
Este primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido de consejeros, mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas. A partir de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos los ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas blancas, aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo se burlaba de ellos, por lo que se quejaron al dictador. Éste los recibió de muy mal talante, los trató de innovadores, de libertinos y de rebeldes que adoptaban las necias opiniones de las gentes que tenían vista. Eran rebeldes porque, caso inaudito, se atrevían a dudar de la infalibilidad de su jefe. Esta cuestión suscitó la aparición de dos partidos.
Para sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos lanzó un nuevo edicto, que declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco resultó cierto; ningún ciego llevaba prendas de color rojo. Las mofas arreciaron y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más quejosa. El jefe montó en cólera, y los demás también. La batalla duró largo tiempo y no hubo paz hasta que los ciegos tomaron la decisión de suspender provisionalmente todo juicio acerca de los colores.
Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había consistido en atreverse a opinar sobre colores. Por su parte, sin embargo, siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas personas autorizadas a opinar en materia de música. Hermann Hesse (1929)

jueves, marzo 19, 2009

En el sofa



Es impresionante la multiplicidad de aspectos, vivencias y utilidad de este utensilio domestico, en principio, meramente decorativo de cualquier hogar.

Es que ok, puede ser solo eso, un simple objeto decorativo, un elemento de confort,un aposento temporal en el que se reciben cualquier tipo (agradable y desagradable)de presencia,efimeras,pasajeras,temporales;pero tambien puede ser un receptaculo de amor,una fuente de deseo, un lugar magico, desde donde se vive,evoca o sobrevive un sin fin de experiencias.

Y es que, !Ay si este pesado e inaminado objeto hablara, si contara de cuanto ha escuchado,presenciado,padecido!

Puede incluso vivirse en él, transitar en su entorno de manera temporaria, circunscribiéndose practicamente a su espacio y hacer de él todo el de uno,en tanto logras granjearte la posibilidad de seguir. Alguien puede en él, darle rienda suelta a la pasión, e incluso hacer el amor, o permitir que se lo hagan, o dejarse apretar fuertemente la mano frente a interlocutores,en señal de tierna,segura o insegura pertenencia; dejarse caer o tumbarse en él para dormir la siesta, o leer un libro y sentirse inmerso en lejanos y remotos lugares,siendo testigo de otras vidas,otros momentos.

Compartir o departir junto a gente querida una placida tertulia,una calida tarde de verano,una noche estrellada de tragos y evocacion de gratos momentos.
Sentarse a abrir los regalos la mañana de navidad o simplemente echarse en él mientras tus amos no estan para impregnarte de su olor y añorar ansioso su llegada,para intespectivamente bajarte de él pretendiendo no dejar huella, parandote frente a la puerta con rostro de inocencia mientras tus pelos dorados delatan tu traviesa presencia.

Tambien sirve de elemento de complicidad introspectiva,cuamdo modificado como diván te colocas frente a tu terapeuta o psiquiatra a quien,cual sacerdote,confiesas tus penas tratando de expiar tus culpas,rememorar tu pasando o buscar en algun detalle conductual alfgun atisvo de cordura para atarte odevolverte de nuevo a esta mundana existencia...

Cuántas elocuentes experiencias y mudas situaciones se presentan en esta magica pieza de nuestra cultura.... ?verdad?

Ah por cierto, felicidades a todos los José y Josefina en este dia de San José!.

miércoles, marzo 18, 2009

Si la Guerra dura dos años más...







Desde mis años de juventud he tenido la costumbre de ausentarme de cuando en cuando y sumergirme en otros mundos como en un baño de renovación; entonces solían buscarme y al cabo de cierto tiempo me daban por desaparecido, y cuando al fin regresaba, era para mí un placer escuchar los juicios sobre mi persona y sobre mis estados crepusculares o <> que emitía la llamada <>. En realidad yo no hacía más que lo que me pedía la naturaleza y lo que tarde o temprano podría hacer la mayoría de los hombres; pero yo era considerado por estas gentes extrañas que son los científicos como una especie de <>, por unos como un poseso, por otros como un ser dotado de poderes milagrosos.

Me había ausentado, una vez más, por una temporada. A los dos o tres años de guerra, la actualidad había perdido mucho aliciente para mí y sentía necesidad de respirar otros aires. Abandoné, por la vía acostumbrada, la dimensión en que vivimos y emigré a otras dimensiones. Viví en pasados remotos, recorrí afanoso pueblos y épocas, contemplé las consabidas crueldades, los conflictos, los progresos y mejoras de la tierra, y luego me evadí por cierto tiempo en el espacio cósmico.

A mi regreso era ya el año 1920, y con gran desilusión mía los pueblos seguían enfrentados en la guerra con idéntica y necia obstinación. Se habían corrido algunas fronteras, viejas culturas superiores habían sido destruidas a conciencia, pero en conjunto y aparentemente la tierra no había cambiado mucho.

Se había alcanzado un notable progreso en la uniformidad. Por lo menos en Europa, según me dijeron, los países parecían exactamente iguales; incluso la diferencia entre países beligerantes y países neutrales casi había desaparecido. Desde que los bombardeos sobre la población civil se llevaban a cabo mecánicamente por medio de globos aerostáticos que de alturas de 15.000 a 20.000 metros dejaban caer sus proyectiles, los límites fronterizos entre los países, pese a estar vigilados estrechamente como antes, eran bastante ilusorios. La dispersión de esos vagos disparos desde el aire era tan grande, que los responsables de tales globos se daban por satisfechos cuando no alcanzaban la propia zona y les traía sin cuidado que muchas de las bombas cayeran en países neutrales e incluso aliados.

Este fue en realidad el único progreso que el espíritu bélico trajo consigo; en él se expresaba al fin con suficiente claridad el sentido de la guerra. El mundo quedó dividido en dos bandos que buscaban aniquilarse mutuamente, porque ambos aspiraban a lo mismo: la liberación de los oprimidos, la supresión de la violencia y el establecimiento de una paz duradera. Todos miraban con antipatía una paz que no pudiera durar eternamente: si la paz perpetua no era posible, se preferiría decidídamente la guerra perpetua, y la desaprensión con que los globos mortíferos dejaban caer desde alturas enormes su bendita carga sobre los justos y pecadores expresaba a la perfección el sentido de la guerra. Por lo demás, se seguía combatiendo a la manera antigua, con efectivos considerables, pero insuficientes. La modesta fantasía de los militares y técnicos había inventado unos pocos medios de destrucción... pero aquel visionario que había ideado el globo mecánico fue el último ejemplar de su especie, pues a partir de entonces los intelectuales, los visionarios, poetas y soñadores fueron desinteresándose cada vez más de la guerra. Esta quedó, como digo, en manos de los militares y los técnicos, y por eso hizo pocos progresos. Con enorme perseverancia los ejércitos seguían enfrentados, y pese a que la penuria de materias primas obligó a fabricar condecoraciones de papel, el valor militar no había menguado de forma sensible.
Encontré mi vivienda parcialmente destruida por los bombardeos, pero aún se podía dormir en ella. El ambiente era frío y desapacible, los escombros del suelo y el moho de las paredes me fastidiaron y pronto me largué a darme un paseo.

Anduve errante por algunas callejas de las ciudad, que encontré muy cambiadas, sobre todo porque no se veían tiendas. No había animación en las calles. Llevaba escaso rato caminado, cuando me abordó un hombre que ostentaba un número metálico en el sombrero y me preguntó qué hacía allí. Le contesté que estaba paseando. Y él: <<¿Tiene usted permiso?>> No le entedí bien, hubo un altercado y me obligó a seguirle al próximo negociado.
Llegamos a una calle donde todas las casas lucían etiquetas blancas en las que leí nombres de negociados con sus números y sus letras.<>, rezaba un rótulo, seguido de la cifra 2487 B 4. Entramos. Había las habituales dependencias oficiales, salas de espera y pasillos que olían a papel, a ropa húmeda y a aire de oficina. Tras algunas preguntas me condujeron a la sala 72 D d, donde fui sometido a interrogatorio.

Un funcionario se colocó frente a mí y me examinó atentamente. -¿No sabe usted cuadrarse? -- preguntó severo. -No -- repuse. -¿Por qué no? -- insistió. -Nunca he aprendido -- dije tímidamente. -A usted le han detenido por andar paseando sin la correspondiente autorización.

¿Es cierto? -Sí -- dije --, es cierto. Yo no sabía nada. Mire, he estado mucho tiempo enfermo... -

Queda usted castigado a andar descalzo durante tres días. Quítese los zapatos. Me quité los zapatos. -¡Oiga! -- gritó el funcionario aterrado --. ¡Oiga, usted lleva zapatos de piel! ¿De dónde los ha sacado?¿Está usted loco? -Quizá mentalmente yo no sea del todo normal, no puedo juzgarlo por mí mismo. Los zapatos los compré hace tiempo. -Pero ¿usted no sabe que a las personas civiles les está severamente prohibido el uso de cualquier tipo de cuero...? Sus zapatos quedarán aquí, incautados. Y ahora enséñeme sus papeles de identidad. Dios mío, no los tenía. -

¡Hacía un año que no me pasaba una cosa así! -- gimió el funcionario, que hizo entrar inmediatamente a un policía. Me llevaron descalzo por algunas calles, luego volvimos a entrar en otro edificio oficial, atravesamos corredores, respiramos el olor a papel y a desolación, me impelieron a entrar en otra sala y fui interrogado por otro funcionario. Este llevaba uniforme. - A usted le han sorprendido en la calle sin documento de identidad. Queda usted sancionado con la multa de dos mil gulden. Ahora mismo le hago el recibo. - Perdone -- dije atemorizado --. Ahora no tengo esa cantidad. ¿No podría, en lugar de esa multa, meterme en prisión por cierto tiempo? Rió a placer. - ¿Meterle en prisión? Pero, oiga, ¿qué se piensa usted? ¿Se imagina que encima le vamos a dar de comer...? No amigo, si usted no puede pagar esa insignificancia, no se librará de la pena máxima. Tengo que condenarle a la privación temporal del permiso de subsistencia.

Entrégueme su cartilla de racionamiento. No tenía. El funcionario quedó mudo de estupor. Llamó a dos colegas, cuchicheó largo rato con ellos, señalándome varias veces, y todos se miraron con temor y profunda sorpresa. Luego me hizo llevar a una comisaría, en espera de que se resolviera mi caso.

Allí había, de pie o sentadas, varias personas; delante de la puerta vigilaba una guardia militar.

Me chocó el que, aparte de la carencia de calzado, yo fuera con mucho el que mejor vestía de todos. Con un cierto respeto me dejaron sentar, e inmediatamente se arrimó a mí un hombrecillo de aire medroso, quien pegándose cautelosamente a mi oreja, me susurró: -Oiga, le hago una fabulosa oferta. ¡Una remolacha azucarera entera, intacta! Pesa casi tres kilos. Puede ser suya.

¿Cuánto me ofrece? Acercó su oreja a mis labios y yo musité: -Hágame usted la oferta. ¿Cuánto pide? -Digamos ciento quince gulden -- me susurró al oído. Rehusé con la cabeza y me hundí en mis reflexiones. Caí en la cuenta de que había estado ausente demasiado tiempo. Era difícil aclimatarse de nuevo. Hubiera dado cualquier cosa por un par de zapatos o de medias, pues sentía un frío tremendo en mis pies desnudos, tras haber caminado por las calles mojadas. Pero en el local todos estaban descalzos.

Al cabo de unas horas vinieron a buscarme. Fui conducido a la oficina número 285, sala 19 f. Esta vez el policía permaneció a mi lado, colocándose entre el funcionario y yo. Me dió la impresión de que se trataba de un alto funcionario. -Usted se encuentra en una situación muy mala -- comenzó diciendo --. Usted está en esta ciudad y carece de cartilla de racionamiento. Ya sabrá que esto lleva aparejadas las más severas penas. Hice una pequeña indicación. -Perdone -- dije --, sólo le pido una cosa. Me doy perfecta cuenta de que yo no puedo salir de este atolladero... ¿No podría hacerme el favor de condenarme a muerte? Le quedaría muy agradecido.

El alto funcionario me miró indulgente a los ojos. -Comprendo -- dijo con dulzura -- . ¡Pero así todos se saldrían con la suya! De cualquier forma, usted tendría que adquirir una tarjeta de defunción. ¿Tiene dinero? Cuesta cuatro mil gulden. -No, yo no dispongo de tanta cantidad. Pero daría todo lo que tengo. Siento verdadera necesidad de morir. Sonrió extrañamente. -No me cuesta creerlo, pues no es usted el único. Pero eso de morir no es cosa tan sencilla. Usted pertenece a un Estado, amigo mío, y se debe a ese Estado en cuerpo y alma. Esto usted debería saberlo. Además... ahora veo que le han inscrito bajo el nombre de Sinclair, Emil. ¿Es usted acaso el escritor Sinclair? -Sí, el mismo. -¡Oh, cuánto me alegro! Espero poderle ser útil. Policía, puede retirarse. Salió el policía y el funcionario me dió la mano. -He leído sus libros con mucho interés -- dijo amablemtente -- y quiero ayudarle en la medida de mis posibilidades... Pero, por Dios, ¿cómo ha llegado usted a esta increíble situación? -Bueno, he estado una temporada fuera. Me evadí por algún tiempo al espacio cósmico, habrán sido dos o tres años, y la verdad es que ya estaba casi convencido de que la guerra había terminado... Pero, dígame, ¿usted me puede procurar una tarjeta de defunción? Le quedaría profundamente agradecido.

- Tal vez sea posible. Pero antes necesita tener una cartilla de racionamiento. Sin esta cartilla no se puede dar un paso. Le voy a entregar una recomendación para el negociado ciento veintisiete, donde recibirá bajo mi garantía una cartilla provisional. Pero sólo es válida para dos días. - Oh, es más que suficiente. - Muy bien. Cuando la tenga, vuelva a verme. Le estreché la mano. - Un momento -- dije a media voz --. ¿Puedo hacerle otra pregunta? Ya se imaginará lo despistado que me encuentro en todo lo referente a la actualidad. - Siga, siga. - Bueno, pues... me interesaría saber cómo es posible que en estas condiciones la vida siga su curso. ¿Puede un hombre soportar esto? - Oh, sí. Usted, como persona civil y sin documentación alguna, se encuentra en una situación especialmente ingrata. Ya quedan pocas personas civiles. El que no es soldado, es funcionario. De esta forma la vida para la mayoría es muy llevadera, incluso muchos se sienten felices. Y la gente se va acostumbrando poco a poco a las privaciones. Cuando llegaron a faltar las patatas y tuvimos que acostumbrarnos a la pasta de madera -- ahora se tuesta ligeramente y así sabe muy buena --, todos pensaban que no se podría tolerar. Y la cosa dió resultado. Así ha pasado con todo. - Comprendo -- dije -- En realidad no tiene nada de extraño. Sólo hay una cosa que no acabo de entender. Dígame: ¿a qué viene este ingente esfuerzo en todo el mundo? Estas privaciones, estas leyes, estos miles de empleados y funcionarios... ¿qué es propiamente lo que se intenta proteger y salvaguardar? El alto jefe me miró sorprendido. - Vaya pregunta -- exclamó meneando la cabeza --. Usted debe saber que hay guerra, guerra en todo el mundo. Y eso es lo que salvaguardamos, para eso hacemos leyes, para eso nos sacrificamos. Es la guerra. Sin estos enormes esfuerzos los ejércitos no podrían durar ni una semana en el frente. Morirían de hambre... sería insostenible. - Sí -- dije --, no había caído. Bueno, pero... permítame una extraña pregunta: ¿por qué tienen en tanta estimación la guerra? ¿Puede la guerra justificar todas estas privaciones? ¿La guerra es un bien?
El funcionario se encogió de hombros, en gesto de conmiseración. Vio que no le entendía. -

Querido Sinclair -- dijo --, usted vive fuera de la realidad. Pero recorra usted una calle, hable con una sola persona, haga un pequeño esfuerzo mental y pregúntese: ¿Qué es lo que nos queda, hacia dónde se orienta nuestra vida? Tendrá que contestarse inmediatamente: la guerra es lo único que nos queda. El placer y el lucro personal, la ambición social, la codicia, el amor, el trabajo intelectual... nada de esto existe ya. Sólo a la guerra le debemos el que exista en el mundo eso que se llama orden, ley, pensamiento espíritu... ¿No se hace cargo? Sí, me hice cargo y le di las gracias a aquel caballero. Me despedí y guardé mecánicamente en el bolsillo la recomendación para la oficina 127. No tenía intención de hacer uso de ella, no me interesaba seguir importunando en alguno de aquellos negociados. Y antes de que nadie se fijara en mí y volviera a interrogarme, pronuncié la formulita mágica, paralicé mi corazón, hice desaparecer mi cuerpo a la sombra de un arbusto y proseguí mi anterior peregrinaje, sin pensar más en el retorno. Hermann Hesse 1917

martes, marzo 17, 2009

Te pido con el alma que recuerdes,q' juraste no perderme,prometimos q' no acabaria jamas, q' mañana es para siempre!




Cómo hacer, para no asirme a este recuerdo,cuando la nostalgia quema y el corazón cree no poder resistir mas?

Que ilusos fuimos, al creer, que podiamos balancearnos,sobre la tela de una araña, sin llegar a pensar, que de verdad caeriamos presa de nuestras propias circunstancias?

Cómo retrotraer ahora, toda esta experiencia,pretender rebobinarlo todo e incluso detener el tiempo para recomenzar,cuando el reinicio siempre es posible, pero con otros protagonistas?

Si,es verdad, el camino está allí, pero con otras vertientes y escenarios,con nuevos senderos, dispuestos a ser recorridos, con lagrimas en los ojos,la sonrisa enterrada,o al contrario,tratando de retar al viento,y de saber que todo o casi todo es posible,cuando se encuentran razones para avivar al sentimiento y la razon de nuevo,enhebrarlos a todos y lograr el milagro, incluso,de que se hagan el amor...