martes, marzo 20, 2007

Cuando la incomunicación es la regla, gracias al poder de la palabra





¡Oh palabras, cuántos crímenes se cometen en vuestro nombre!

...El Jefe de Registro Civil, no sabe lo que es un Concubinato... La Consultora Jurídica, que por cierto, coincidencialmente también está a punto de quedarse calva, tampoco lo sabe, ni eso y casi ningún concepto disímil de su gloriosa época en la CSJ, entonces utiliza a todo su equipo, al Jefe de División de Consultoría, que sabe mucho de algunas cosas, pero no tiene derecho a saberlo ni a firmar documento alguno,...porque ¿qué va a pensar el Director General (que tampoco sabe nada de nada) del trabajo de la Consultora?,claro, también se vale de la joven Asistente Legal, experta en ciertas áreas producto de su trajinar en la materia,como en la hábil Secretaria (a quien necesita, por sobre todas las cosas,para tener a quien echarle la culpa de cualquier traspiés) para complementar sus carencias, además; el Secretario de la Comisión de Licitaciones (que también es utilityu, chofer, Asistente Legal,novio de lqa madrina e invitador oficial de sexagenarias a la playa) no tiene inherencia de los detalles de cada procedimiento, pero a la hora de las chiquiticas, ah, ese es el responsable de la inercia e ignorancia de sus miembros; la asistente ADministrativa,hábil, inteligentye, futura abogado de la República, dispuesta siempre a colaborar en todo, que como utility es muy buena, pobrecita, pero no jamás debe mejorarse de cargo ni reconsiderarle el sueldo, ¿para qué, si se puede seguir explotando y además nadie le escucha?. Para colmo ésta, encima de que es bella, talentosa, buena compañera, madre y esposa, el esposo la subvalora y le hace creer que es la culpable de su incompetente actuar y proceder ...bueno, y de paso "El Jefe" tampoco sabe nada de nada, ni da los buenos días o responde las buenas tardes, pero es que si a ver vamos, el Canciller hasta hace poco era chofer de autobús y el Presidente Teniente Golpista y el gobierno de los Estados Unidos planea asesinarle, porque bueno, porque si, porque hay testigos de ello, aunque aún no se haya visto al primero,pero sí, que hay testigos ...

¿Vivimos la paradoja del absurdo o nos hemos valido de ésta para expresar la realidad?,¿es que acaso la ficción es solo eso o en contraposición la realidad la supera?

La cantante calva (fragmento)

" BOMBERO-El resfriado: Mi cuñado tenía, por el lado paterno, un primo carnal uno de cuyos tíos maternos tenía un suegro cuyo abuelo paterno se había casado en segundas nupcias con un joven indígena cuyo hermano había conocido, en uno de sus viajes, a una muchacha de la que se enamoró y con la cual tuvo un hijo que se casó con una farmacéutica intrépida que no era otra que la sobrina de un contramaestre desconocido de la marina británica y cuyo padre adoptivo tenía una tía que hablaba de corrido el español y que era, quizás, una de las nietas de un ingeniero, muerto joven, nieto a su vez de un propietario de viñedos de los que obtenían un vino mediocre, pero que tenía un primo segundo, casero y ayudante, cuyo hijo se había casado con una joven muy guapa, divorciada, cuyo primer marido era hijo de un patriota sincero que había sabido educar en el deseo de hacer fortuna a una de sus hijas, que pudo casarse con un cazador que había conocido a Rothschild y cuyo hermano, después de haber cambiado muchas veces de oficio, se casó y tuvo una hija, cuyo bisabuelo, mezquino, llevaba unas gafas que le había regalado un primo suyo, cuñado de un portugués, hijo natural de un molinero, no demasiado pobre, cuyo hermano de leche tomó por esposa a la hija de un ex médico rural, hermano de leche del hijo de un lechero, hijo natural a su vez de otro médico rural casado tres veces seguidas, cuya tercera mujer... SR. MARTIN-Conocí a esa tercera mujer, si no me engaño. Comía pollo en un avispero. EL BOMBERO-No era la misma. ("El Poder de la Palabrawww.epdlp.comBarcelona - Nueva York.)

...Comienzo de una charla del propio Eugene Ionesco, sobre La tragedia del Lenguaje, pronunciada en los Institutos Franceses de Italia, 1958...

En 1948, antes de escribir mi primera pieza: La cantante calva, no quería covertirme en un autor teatral. Ambicionaba simplemente aprender inglés. El aprendizaje del inglés no conduce necesariamente a la dramaturgia. Al contrario, me convertí en un autor teatral porque no logré aprender inglés. Tampoco escribí estas piezas para vengarme de mi fracaso, aunque se haya dicho que La cantante calva era una sátira de la burguesía inglesa. Si hubiera querido y no hubiera logrado aprender italiano, ruso o turco, se hubiera podido decir igualmente que la pieza resultante de ese esfuerzo vano era una sátira de la sociedad italiana, rusa o turca. Me doy cuenta que debo explicarme. He aquí lo que me sucedió: para aprender inglés compré, pues, hace nueve o diez años, un manual de conversación franco-inglesa, al uso de los principiantes. Me puse a trabajar. Copié concienzudamente las frases extraídas de mi manual para aprenderlas de memoria. Releyéndolas atentamente, no aprendí inglés pero sí, en cambio, verdades sorprendentes: que hay siete días en la semana, por ejemplo, lo que, por otra parte, sabía; o bien, que abajo está el piso, arriba el techo, lo que sabía igualmente, quizá, pero en lo cual nunca había reflexionado seriamente o que había olvidado, y que me parecía de pronto tan asombroso como indiscutiblemente cierto. Tengo sin duda bastante espíritu filosófico como para darme cuenta que lo que transcribía a mi cuaderno no eran simples frases inglesas en su traducción inglesa sino verdades fundamentales, comprobaciones profundas.No por eso abandoné aún el estudio del inglés. Felizmente, pues, después de las verdades universales el autor del manual me revelaba verdades particulares; y para ello este autor, inspirado, sin duda, en el método platónico, las expresaba por medio del diálogo. A partir de la tercera lección aparecían dos personajes que nunca supe si eran reales o inventados: el señor y la señora Smith, una pareja de ingleses. Ante mi gran asombro, la señora Smith informaba a su marido que tenían varios hijos, que vivían en los alrededores de Londres, que su apellido era Smith, que el señor Smith era empleado de oficina, que tenían una sirvienta, Mary, también inglesa, que tenían, desde hace veinte años, unos amigos llamados Martin, que su casa era un palacio, pues "la casa de un inglés es un verdadero palacio". Yo pensaba que el señor Smith debía estar un poco al corriente de todo aquello; pero, vaya a saber, hay gente tan distraída; por otra parte, es bueno recordar a nuestros semejantes cosas que pueden olvidar, de las cuales no tienen suficiente conciencia. Además de esas verdades particulares permanentes, se daban a conocer otras verdades del momento: por ejemplo, que los Smith acababan de cenar y que eran las nueve de la noche, hora inglesa, de acuerdo con el reloj de pared.Me permito señalar el carácter indudable, perfectamente axiomático, de las afirmaciones de la señora Smith, así como la manera típicamente cartesiana de razonar del autor de mi manual de inglés, pues, lo que era notable, era la progresión superiormente metódica de la búsqueda de la verdad. En la quincuagésima lección llegaban los Martin; la conversación se entablaba entre los cuatro y, sobre los axiomas elementales se edificaban las verdades más complejas: "el campo es más tranquilo que una ciudad populosa", afirmaban unos; "sí, pero en la ciudad la población es más densa, hay muchos negocios", replicaban los otros, lo que es igualmente cierto y prueba, además, que verdades antagónicas pueden coexistir perfectamente.Tuve entonces una revelación. Ya no se trataba para mí de perfeccionar mi conocimiento de la lengua inglesa. Consagrarme a enriquecer mi vocabulario inglés, aprender palabras para traducir en otra lengua lo que podía igualmente decir en francés, sin tener en cuenta el "contenido" de esas palabras, lo que me revelaban, hubiera sido caer en el pecado del formalismo que hoy los directores del pensamiento condenan con justa razón. Mi ambición era mucho mayor: comunicar a mis contemporáneos las verdades esenciales reveladas por el manual de conversación franco-inglesa. Por otra parte, los diálogos de los Smith y de los Martin eran propiamente teatro, ya que teatro es diálogo. Lo que tenía que hacer, pues, era una pieza de teatro. Escribí así La cantante calva, que es por consiguiente una obra teatral específicamente didáctica. ¿Y por qué se llama La cantante calva y no titularla La hora inglesa, como quise en cierto momento hacerlo? Sería una historia muy larga: una de las razones por las cuales La cantante calva fue titulada así, es porque ninguna cantante, calva o cabelluda, hace su aparición. Ese detalle debería bastar. Toda una parte de la pieza está hecha colocando una a continuación de la otra frases extraídas de mi manual de inglés; los Smith y los Martin de mi pieza, son los mismos, pronuncian las mismas sentencias, realizan las mismas acciones o las mismas "inacciones". En todo "teatro didáctico", no se trata de ser original, de decir lo que uno piensa: sería una falta grave contra la verdad objetiva; lo que hay que transmitir humildemente es la enseñanza misma que nos ha sido transmitida, las ideas que hemos recibido. ¿Cómo hubiera podido permitirse cambiar lo más mínimo en palabras que expresan de una manera tan edificante la verdad absoluta? Siendo auténticamente didáctica, mi pieza no debía ser sobre todo original ¡ni ilustrar mi talento!Sin embargo, el texto de La cantante calva fue una lección (y un plagio) sólo al principio. Las réplicas del manual que había contra inscrito cuidadosamente en mi cuaderno escolar, al quedar allí se decantaron al cabo de un tiempo, cobraron vida propia, se corrompieron, se desnaturalizaron. Sucedió no sé cómo un extraño fenómeno: el texto se transformó ante mis ojos, insensiblemente. Las réplicas del manual que había copiado correctamente, unas a continuación de las otras, se alteraron, como por ejemplo esa verdad innegable, cierta: "abajo está el piso, arriba el techo". La afirmación -tan categórica como sólida: los siete días de la semana son lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo- se deterioró, y el señor Smith, mi héroe, enseñaba que la semana se componía de tres días que eran martes, jueves y martes. Mis personajes, mis buenos burgueses, los Martin, sufrieron un ataque de amnesia: aunque viéndose, hablándose todos los días, no se reconocieron. Otras cosas alarmantes se produjeron: los Smith nos informaban de la muerte de un tal Bobby Watson, imposible de identificar, pues nos informaban asimismo que las tres cuartas partes de los habitantes de la ciudad, hombres, mujeres, niños, gatos, ideólogos, se llamaban Bobby Watson. Un quinto personaje, inesperado, surgía por último para agravar la inquietud de los pacíficos matrimonios: el capitán de bomberos que contaba historias en las cuales parecía tratarse de un toro joven que hubiera dado a luz una enorme ternera, de una rata que hubiera nacido de una montaña; luego el bombero se marchaba para no perderse un incendio, previsto desde hacía tres días, anotado en su libreta, que debía producirse del otro lado de la ciudad, mientras los Smith y los Martin proseguían su conversación. ¡Ay! las verdades elementales y sensatas que ellos enunciaban a continuación unas de otras, se habían vuelto descabelladas, el lenguaje se había desarticulado, los personajes se habían descompuesto; la palabra, absurda, se había vaciado de su contenido y todo acababa en una pelea cuyos motivos era imposible conocer, pues mis héroes se enrostraban no ya réplicas, ni siquiera fragmentos de proposiciones, ni palabras, sino sílabas, o consonantes, ¡o vocales!...... Para mí, se trataba de una suerte de desmoronamiento de la realidad. Las palabras se habían convertido en cáscaras sonoras, desprovistas de sentido; también los personajes, desde luego, se habían vaciado de su psicología y el mundo se me aparecía bajo una luz insólita, quizá su verdadera luz, más allá de las interpretaciones y de una causalidad arbitraria.Al escribir esta obra (pues esto se había convertido en una suerte de pieza o antipieza, es decir, una verdadera parodia de una pieza de teatro, una comedia de la comedia) sentía un verdadero malestar, vértigo, náusea. De cuando en cuando me veía obligado a detenerme y, al mismo tiempo que me preguntaba qué diablos me forzaba a seguir escribiendo, iba a echarme en un sofá con el temor de verlo caer en la nada; y yo junto con él. Cuando terminé este trabajo me sentí, sin embargo, muy orgulloso. Imaginaba haber escrito algo así como una tragedia del lenguaje... Cuando se representó me sorprendió casi oír reír a los espectadores que tomaron (y siempre toman) estas cosas alegremente, considerando que era una comedia, incluso una broma. Algunos (Jean Pouillon, entre otros), los que sintieron el malestar, no se equivocaron. Hubo otros que advirtieron que se trataba de una burla al teatro de Bernstein y sus actores: los actores de Nicolas Bataille lo advirtieron antes, al representar la pieza (sobre todo en las primeras representaciones) como un melodrama.Más tarde, al analizar esta obra, críticos serios y doctos la interpretaron sólo como una crítica de la sociedad burguesa y una parodia del teatro de boulevard. Acabo de decir que admito esta interpretación: sin embargo, no se trata, en mi opinión, de una sátira de la mentalidad pequeño-burguesa relacionada a tal o cual sociedad. Se trataba, sobre todo, de una suerte de pequeña burguesía universal, puesto que el pequeño burgués es el hombre de las ideas recibidas, de los slogans, el conformista de todas partes: dicho conformismo es revelado, desde luego, por su lenguaje automático. El texto de La cantante calva o del manual para aprender inglés (o ruso o portugués), compuesto de expresiones hechas, de los clisés más gastados, me revelaba, por eso mismo, los automatismos del lenguaje, del comportamiento de la gente, "el hablar para no decir nada", el hablar porque no hay nada personal que decir, una ausencia de vida interior, la mecánica de lo cotidiano, el hombre inmerso en su medio social sin diferenciarse de él. Los Smith, los Martin no saben ya hablar porque ya no saben pensar, no saben ya pensar porque ya no saben conmoverse, ya no tienen pasiones, no saben ya ser, pueden "transformarse" en cualquier persona, en cualquier cosa, pues al no ser ya no son sino los otros, el mundo de lo impersonal, son intercambiables: se puede poner a Martin en lugar de Smith y viceversa, que no nos daremos cuenta. El personaje trágico no cambia, no se quiebra; es él, es real. Los personajes cómicos son personas que no existen...

"Sólo valen las palabras. El resto es charlatanería."

La obra “La Cantante Calva” de Eugene Ionesco no se puede catalogar de pertenecer a un teatro psicológico, ni a un teatro simbolista, ni social , ni poético ni superrealista. Es un teatro que todavía no tiene etiqueta, que todavía no figura en ninguna estantería de confección. La presencia de personajes “reales” que tienen contacto con el mundo exterior, acentua la temática absurdista y caótica de “la Cantante Calva”. La obra en su plenitud es una parodia a la cotidaneidad de la vida del hombre, en particular de 2 parejas que forman un matrimonio. Ionesco a través de su obra se propone romper con toda ley literaria y metafísica, por lo cual sus personajes y sus respectivas personalidades carecen de lógica. Dentro de el universo paralelo creado por el autor hay dos personajes que estan por encima de todo. Ellos son el Jefe de Bomberos y Mary, la sirviente. El Bombero por un lado es el único que tiene concepción del tiempo, el que tiene un horizonte al cual caminar, objetivos dentro de su vida. En tanto Mary, es una mujer con sueños, que tiene intereses, deseos, tambien sabe lo que quiere, sin necesariamente saber como obtenerlo.

En la obra hay dos cosas que requieren un esencial entendimiento. Ambos matrimonios, los Martin y los Smith representan el “universon incoherente” o incoherencia universal de la vida bajo la motonidad, lo que sucede con la rutina. Sus días son idénticos, uno después del otro. El tiempo parece no avanzar con ellos. De ahí que al final de la obra la trama se repita cambiando los personajes de los Smith por los Martin, diciendo estos las mismas cosas. La obra es un intento de satirizar la tragedia Griega, de que el destino de todas esas monotonías siempre será el colapso y que se repitirá infinitamente, lo que es bastante triste y trágico.

El matrimonio de los Smith en sus infinitas conversaciones en su casa, demuestran lo mucho de nada que se puede decir. Como dos personas pueden hablar todo el día sin decirse absolutamente nada de valor. Los Smith discuten y arreglan sus problemas en la cama, lo que viene a demostrar el vacío contenido de todos sus diálogos y conversaciones que en muchos casos vienen a ser monólogos de dos personas que no se escuchan mutuamente. Por el contrario, el matrimonio Martin demuestra que el colapso comunicacional entre ellos es de tal envergadura que ya no saben ni donde viven, ni quienes son, ni quienes son sus hijos, ni de su relación como pareja. Ya ni si quiera se relacionan sexualmente. Cuando el Bombero les pregunta: “y en su casa no se esta quemando nada?” y ellos responden que “no, desafortunadamente...” demuestran que su matrimonio esta en una fase crítica, ya que ni siquiera tienen ningun tipo de vida sexual.

El absurdismo es un producto de la sociedad, no es un estilo anexo inventado para ser cómico y bizarro. Nuestra sociedad cambió al nivel que creó todo el movimiento absurdista, nihilista. El hombre de hoy vive “esperando su salvación”, que algo cambie su vida radicalmente y que le lleve a un lugar mejor, donde sea feliz. La verdad es que eso nunca pasará, y es absurdo en sí. Ver a un político es un clásico ejemplo de discurso absurdista, es decir mucho sin decir nada; “la economía va mal... crear empleo... por el cambio democrático... el poder del pueblo...”, etc. Lo que el absurdismo muestra es la vida cotidiana sin contenido, como el tiempo en que vivimos puede ser cíclico, como nos movemos en un “limbo” que avanza pero no se mueve, sino que se queda estático. Y es inmovilidad en el tiempo lo que produce la angustia que mucha gente no se explica.

El Bombero representa al hombre idealista, el que no ha perdido su esencia y que trata de salvar a los matrimonios Martin y Smith, pero ve que está destinado al fracaso.

Un escenario que representa la caída diaria del hombre de valores, el que cree en el amor y en el honor. El Bombero choca contra la dura realidad hecha tangible a través de los Smith y los Martin. Muchas veces el individuo cotidiano no sabe porque su vida se mueve en un círculo. En el caso de esos dos matrimonios, no tienen ni la menor idea, por lo que el Bombero se da por vencido, sin antes dar un último intento de resucitarlos, preguntando: “y a proposito... ¿y la cantante calva?” Él espera que despierten y le respondan: “¿de que diablos hablas?” pero esto simplemente no sucede. Los personajes como Mary o el Bombero son incluidos en la obra para hacer la sátira y el contraste mas acentuado. Ellos son nuestro nexo, ya que es cierto que muchas personas en el público con como los matrimonios Martin y Smith, pero los que realmente entienden la obra ven en Mary y especialmente en el Bombero a ellos mismos. Esto crea un sentimiento de frustración con el universo que te rodea, porque comprendes que no funciona y que no puedes hacer absolutamente nada para cambiarlo. El Bombero en sí es un ser frustrado, es un bombero y no logra encontrar incendios (lo que impulsa su profesión) así que los anda buscando, una metáfora de andar buscando “significado a su vida.” Cosa que personas o seres medianamente racionales hacen a menudo, pero que gente como esos dos matrimonios dejaron de hacer hace mucho, cuando sus vidas cayeron en la rutina, perdieron el horizonte.

Pero bueno amigos, como dice un ser querido, "no os preocupéis", a fin de cuentas,todo esto es ficción y no realidad ... ¡Cualquier parecido con ésta,es pura coincidencia!

lunes, marzo 19, 2007

Homenaje a la risa eterna ...y tras de ella, la lágrima..





Mario Moreno Reyes, más conocido por el personaje que lo consagró, "Cantinflas", nació el 12 de agosto de 1911 en la sexta calle de Santa María la Redonda Nº 182, Ciudad de México. Fortino Mario Alfonso Moreno Reyes (*12 de agosto de 1911 - 20 de abril de 1993) "Cantinflas" como se le conocía mundialmente, fue un célebre comediante mexicano que destacó en el cine, la cija, las carpas e incluso participó en algunas actividades sindicales. Ha llegado a ser considerado por la revista JM como el méjor cómico de todos los tiempos, su incomparable forma de hablar le dio el reconocimiento a nivel mundial.

Su personaje, también conocido como El mimo mexicano, se caracterizaba por un raro bigote, sus pantalones a media altura, su ropa haraposa, su pañuelo anudado al cuello al que llamaba gabardina y (más que por cualquier otra cosa) por su manera de hablar. Fue tan célebre su estilo de expresarse que la Real Academia Española acusó el verbo cantinflear, la palabra cantinflada y los adjetivos cantinflesco y cantinflérico. Es considerado como uno de los mejores cómicos de todos los tiempos. Su gusto por la política lo llevó a ser dirigente sindical de la A.N.D.A. (Asociación Nacional de Actores) al lado del charro cantor Jorge Negrete.


Creció en el célebre barrio bravo de Tepito. Se dice que su apelativo profesional, "Cantinflas", se le ocurrió cuando en un club nocturno, un amigo burlón le dijo "En la cantina, tú inflas" (En el bar, tú bebes). Lo cual divirtió a Mario Moreno, y adoptó una contracción de Cantina e inflar, para convertirse en Cantinflas.

También se le ha comparado con Charlie Chaplin. Chaplin llegó a reconocer a Cantinflas como "el hombre más cómico del mundo".


Hizo dos películas en inglés las cuales le ganaron una estrella en Hollywood: La vuelta al mundo en 80 días y Pepe.


De orígen humilde, tuvo que sufrir la pobreza durante su infancia. Se matriculó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Ciudad de México para complacer a su padre, pero durante los estudios comienza a realizar sus pinitos profesionales como bailarín e imitador.

Trabajó en el circo y pronto sus grandes dotes para la interpretación, su ternura y su visión optimista del mundo le llevaron a recrear el tipo de "pelao" (hombre vulgar y pobre de México) y de este modo nació "Cantinflas". Cierto día acudió a una cita con un empresario del teatro de variedades de Jalapa (Veracruz) para que lo viera bailar pero por un incidente ocurrido en el local Cantinflas tuvo que salir a escena y calmar los ánimos del público. Los nervios no le permitían hablar con fluidez y su forma entrecortada de charlar hizo reír al público. Así inició su carrera de cómico.

El mismísimo Charles Chaplin le admiraba e intentó hacer una película con él pero no fue posible. En 1940 fundó la productora Rosa Film junto a Jacques Gelman y Santiago Riachi. Su primer film lo rodó en 1936 aunque será cuatro años después cuando alcance la fama con la película "Ahí esta el detalle".
Quizás el éxito de Cantinflas residiese, más que en la calidad de sus películas, en la extraordinaria expresividad de su caracterización (pantalones caídos, camiseta haraposa, corbata atada al cuello...) y en la identificación plena de su personaje con los problemas sociales de la época y más concretamente con la realidad de las clases proletarias de América Latina.

Mario Moreno, no se ciñó sólo al cine de habla hispana, sino que también traspasó fronteras lingüísticas participando en producciones extranjeras como las películas inglesas "La vuelta al mundo en 80 días" y "Pepe". Fue miembro del Sindicato de Actores y al sustituir en la dirección de dicha institución a Jorge Negrete, fundó de forma benéfica la Casa del Actor. En 1952, haciendo gala de la generosidad que lo caracterizaba, emprendió una campaña a favor de los pobres para construir un habitat social. Vivió sus últimos años retirado en su rancho.

Fue bailarín, boxeador y cómico de carpa. Actuó en la radio y protagonizó varias películas y obras de teatro personificando al "pelado" mexicano de los años 30.

El personaje de la gabardina deshilachada, y pantalones de cadera caída; el lustrabotas, el borrachín, el cargador, que se enreda en un laberinto de palabras y expresiones, nació en 1936 y lo llevó a la fama en todo el mundo de habla hispana.

Cantinflas era el maestro de las evasivas, del hablar sin concretar ideas para no comprometerse, caracterizado por su picardía y expresiva dulzura."Con su excelente manejo de la improvisación" --cuenta el bailarín cubano Roberto, de la pareja Mitsuco y Roberto--, "siempre salía con un impredecible comentario, totalmente fuera de libreto."Sin embargo, lejos de las luces del escenario, Mario Moreno era otra persona, tal cual relatan varios de sus familiares, amigos y antiguos compañeros de trabajo.Cuentan que era un hombre solitario, introvertido, que no soportaba las mentiras y que se llevó muchas decepciones, sobre todo en el ámbito familiar.También destaca su labor altruista, que se ha mantenido incluso después de su muerte por medio de dos fundaciones que desarrollan su tarea solidaria en México.El 20 de abril de 1993, Mario Moreno, falleció víctima de un cáncer de pulmón, y "lleno de amargura", según palabras de su hermano Eduardo.Sin embargo, "Cantinflas" no murió.

El hombre de la gabardina sigue arrancando carcajadas: ha perdurado y resistido el juicio implacable del tiempo.
Durante su larga carrera cinematográfica tuvo que soportar a ciertos críticos que siempre se empeñaban en decir que ya estaba acabado, que su personaje se había adulterado y que se había aburguesado. Pero lo cierto es que independientemente del director, del argumento y de los escenarios elegidos, así como de los otros compañeros de reparto, las películas tenían un gran éxito comercial solamente por él, por Cantinflas, y eso es algo que ningún otro actor del mundo ha podido lograr.

Despreciado en su día por los intelectuales y poco reconocido todavía por los críticos como uno de los mejores cómicos de la historia de cine, Cantinflas marcó una época y hasta su último filme cosechó grandes éxitos, algo que no le ocurrió ni siquiera a Charles Chaplin, el cual conoció el fracaso en vida en varias ocasiones, incluida su última película.
Los que le conocieron personalmente dicen que era sencillo sin proponérselo. Con una actitud social, tanto en el comportamiento como en su indumentaria, alejada de cualquier artificio, era no obstante muy firme en cuanto a mantenerse en sus convicciones humanísticas.
Aunque sumamente amable no era persona que se diera con rapidez a la gente, ya que se le consideraba serio, reservado y, por naturaleza, de pocas palabras, rayando en ocasiones en la desconfianza. Generoso en grado sumo, pero plenamente consciente de lo que entregaba y a quién lo entregaba, había conocido la pobreza en su niñez y en ocasiones sintió muy de cerca el hambre. Por eso, cuando estuvo en la cima del éxito nunca dejó de ser humilde, quizás porque ello le engrandecía aún más.
El triunfo no le envileció, ni la gloria le cambió su espíritu, demostrándose con ello que era un artista superior a la mayoría y un ser humano inigualable. Cuando le preguntaban si se consideraba un hombre feliz, siempre respondía que sí, a pesar de sus defectos y a pesar de que pueda tener alguna pena. Decía que se sentía dichoso de realizar su vida y su destino plenamente, en la medida de sus fuerzas.
Esa felicidad que afirmaba tener era cierta, no era un producto que quisiera vender cara a su promoción, contribuyendo en gran manera a exaltar su carácter y sus características personales. Había conseguido triunfar a tiempo, por supuesto merecidamente, y eso es una buena manera de lograr tener un corazón noble, sin los resentimientos de quien ha sido vapuleado largos años por la incomprensión.
Cantinflas fue un privilegiado por la vida, un triunfador, pero eso le proporcionó más admiradores que envidiosos y un carácter exento de rencores y maldad, logrando conmover en numerosas ocasiones el corazón de los mexicanos. Nunca se convirtió el triunfo en una droga para él.
El público se sintió inmediatamente identificado con su filosofía, con su esfuerzo por aprender siempre, con su afán por mejorar día tras día.
Y aunque era de naturaleza optimista le hacían fuerte mella los fracasos, las zancadillas y los rencores de las personas, lo mismo que le dolían los malos gobernantes o aquellas personas que se enriquecían a base de engañar o robar a los más débiles o ignorantes. Para desahogarse empleaba en sus películas diálogos y situaciones en las cuales se criticaba y hasta se ridiculizaba a los poderosos mezquinos, algo que solamente le permitían a él. Su malicia la caracterizaba de mil maneras para que no fuese una ofensa directa a nadie, pero suficientemente explícita para que todos los culpables se dieran por aludidos, tal era su habilidad para decir lo que quería...sin decirlo.

Su voz, dulce, poderosa pero sin estruendos, gustaba de captar el ingenio del pueblo, más que de contar los chistes políticos desagradables que utilizaban otros cómicos, logrando trasformar su chistes en arte.
Aunque mucha gente le acusaba una y otra vez de cambiar su personaje original, lo cierto es que no fue así y siempre conservó su tipo, su "peladito", aunque se vistiera de ministro, de cura o de pistolero del oeste. Todo ello lo consiguió sin aburrir, sin repetirse, siendo la mejor prueba de ello es que desde su primera película hasta la última, fue el artista mexicano más taquillero de todos.

domingo, marzo 18, 2007

Preguntas, ¿sin respuestas?en un domingo triste


A veces me pregunto, ¿Qué es lo que busco quiero o deseo de la vida? y siempre me respondo:

Pues nada, poder cumplir con la misión de ser feliz.Y bueno, que no es fácil,eso lo sé. Pero definitivamente,con lo que no puedo estar de acuerdo, es con esa asimetría,con esa iracional situación que desconozca el esfuerzo, los sacrificios y nunca traiga como consecuencia su contrapartida necesaria.

"Lo que fácil viene, fácil se va". "Lo que nada nos cuesta, hagámoslo fiesta".

Pero es que si hemos trajinado, sudado, luchado por alcanzar una vida digna; si gente a nuestro alrededor se ha esforzado y ha coadyuvado para ello, ¿cómo es posible que no veamos coronado el esfuerzo, que no podamos vivir conforme a ese esfuerzo,con dignidad y una justa retribución a cuanto se ha hecho por llegar a dicha meta?. A eso me rebelo, me declaro incompetente, para racionalizar fuera de dicha circunstancia, aún a sabiendas,que no soy más que un grito en el desierto, una pequeña e ínfima luciérnaga en la vasta y oscura soledad de una noche sin estrellas...

¿Buscar y Obtener compañía, en medio de esta atribulada situación? Sí,debo reconocer y confesar que inicialmente constituía también, objeto de la búsqueda y además, llegó a constituirse su fallido encuentro, primero en casi una obsesión, luego en la absoluta resignación de no tenerle.

Hasta que llegó...y dos veces. Primero, cuál ráfaga de viento, con sobresalto,muchas alegrías, el dolor de la pérdida y la profunda tristeza. Después,otra vez,de forma súbita e inesperada,pero con algunos sobresaltos y no pocos baches.

No obstante lo relatado o narrado, ahora lo importante pareciera ser seguir...no sé si soñando o creyendo aún en la posibilidad certera de lograr lo ansiado, o aferrandome al criterio de que más vale sentirse acompañando, ante la adversidad y perplejidad de este mundo injusto, despiadado, irracional, con la conformidad a cuestas frente al desaliento fresco y actual; o ¿quizás sea necesario,rebelarse otra vez, gritar, correr, cambiar de inmediato de escenario, sin medir consecuencias, albergando aún la débil esperanza,de que cualquier ulterior situación, será mejor que esta desesperada realidad, en la que no existe salida útil ni reconocimiento alguno, al esforzado sacrificio de luchar para vivir, ser y gratificar, no sólo la lucha asumida, sino los esfuerzos desmedidos, de quienes prestaron sus manos, hombros y esfuerzos,para colaborar durante esta dura y controvertida travesía?.

Realmente, no tengo respuesta. Es más, he de confesar incluso, que me aterra la idea no sólo de no encontrarle ni tenerle, sino además, de que estas confesadas líneas, no lleguen a la vista de quiene hasta ahora me han acompañado, (o al menos hecho creer que así ha sido) y terminen convirtiéndose, en un grito más en esta vasta oscuridad,un soliloquio desmedido, un pequeño monólogo escrito en este pequeño rincón...

En este domingo triste, sin respuestas ni mayor ánimo, no sé si despedirme, hacia cualquier interlocutor,dado que ni siquiera sé si exista alguno en realidad, dispuesto a sacrificar su tiempo, para atravesar barreras, y soslayando tiempo y distancia, llegar, leer, visitar, transitar o visionar parte de este angustiado texto, dejando su importante huella...

Tal vez lo mejor sea cerrar los ojos y dar un salto, sin seguir pensando...buscando quizás una respuesta,tal vez una salida...

jueves, marzo 15, 2007

¡Cariñito Azucarado!

Un poquito de azúcar con la inolvidable e indiscutible diva mexicana Lucía Méndez...para el recuerdo...se les quiere y recuerda siempre, ¡aunque no estén!

¡No hay mal que por bien no venga!


Cuando a veces parezca
que no hay razón, ni ganas de vivir,
cuando el mundo y sus presiones
no te deje sonreir...

Cree más en tí y piensa
que las cosas cambiarán
y recuerda bien
lo que dice aquel refrán.

No hay mal que por bien no venga,
no dudes ni te arrepientas,
si tienes confianza en ti verás
que no habrá quien te detenga.

No hay mal que por bien no venga,
será todo como sueñas,
si vives con mucha fé verás
que no habrá quien te detenga.

Cuando todo lo veas difícil
y te llenes de ansiedad,
no te rindas que mañana
el amor te salvará.

Cree más en tí y piensa
que las cosas cambiarán
y recuerda bien
lo que dice aquel refrán.

No hay mal que por bien no venga,
no dudes ni te arrepientas,
si tienes confianza en tí verás
que no habrá quien te detenga.

No hay mal que por bien no venga,
será todo como sueñas,
si vives con mucha fé verás
que no habrá quien te detenga.

Piensa que todo es posible y tendrás
el mundo en tus manos,
piensa que todo es posible y se hará
tu sueño realidad.

No hay mal que por bien no venga,
no dudes ni te arrepientas,
si tienes confianza en tí verás
que no habrá quien te detenga.

No hay mal que por bien no venga,
será todo como sueñas,
si vives con mucha fé verás
que no habrá quien te detenga.

No hay mal que por bien no venga,
será todo como sueñas,
si vives con mucha fé verás
que no habrá quien te detenga.

No hay mal que por bien no venga,
será todo como sueñas,
si vives con mucha fé verás
que no habrá quien te detenga.

No hay mal que por bien no venga,
será todo como sueñas,
si vives con mucha fé verás
que no habrá quien te detenga.


TITULO: NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA
AUTORES: RUDY AMADO PÉREZ/JOSÉ FELICIANO
EDITORIAL: CAPITAL RECORDS INC.
INCLUIDA EN EL DISCO: TU INMENSO AMOR
DISCO ORIGINAL DE: JOSE FELICIANO
AÑO DE LANZAMIENTO: 1987

miércoles, marzo 14, 2007

¡hermoso mentiroso!


¡Beyoncé & Shakira juntas...para la historia y sin comentarios!
¡merchandising y cross over bidireccional en su máxima expresión!


El corazón Delator, de la imaginación y talento incontenible de Edgar Allan Poe (cuento completo)


Queridos Amigos, Buenos días, antes de comenzar este relato maravilloso y apasionante del imaginario extraordinario del maestro Edgar Allan Poe, debo indicarles, que con motivo a ese apego a la literatura, del cual me reconozco confeso, me he permitido el abuso, de compartir con Ustedes algunos relatos (como parte integrante de este increible universo de vivencias y anécdotas, propias y extrañas de este sobreviviente), como el maravilloso post de ayer de "La piscina huérfana" de John Updike y el que ahora les posteo.

Espero sinceramente los disfruten,tanto o más, que quien se suscribe de Uds, con cariño...¡Feliz Día!


EL CORAZON DELATOR

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
( Traducción de Julio Cortázar )

martes, marzo 13, 2007

La piscina huérfana



Los matrimonios, lo mismo que los compuestos químicos, sueltan, al disolverse, cantidades de energías encerradas en su unión. Hay el piano que nadie quiere, el cocker spaniel del que nadie desea cuidar. De repente, estanterías repletas de libros resulta que contienen obras de fechas muy pasadas y que difícilmente serán leídas de nuevo, e incluso resulta difícil determinar quien las leyó por vez primera. ¿Y que hacer con esos viejos esquíes de la buhardilla? ¿O de la casa de muñecas que espera ser reparada en el sótano? El piano esta desafinado y el perro, loco. El verano en que los Turner se divorciaron, la piscina no tenía amo ni dueña, pese a que el sol pegó de firme, día tras día, y en Connecticut se declaró oficialmente la sequía.

Era una piscina joven, de sólo dos años, y de aquella frágil clase construida con una capa de plástico cubriendo un hoyo en el suelo. La parte lateral del jardín de los Turner adquirió aspecto infernal, mientras construían la piscina; una excavadora se hundió en el barro y tuvo que ser rescatada por otra. Pero a mitad de verano, el nuevo césped crecía lozano, las losas alrededor de la piscina estaban ya puestas, el plástico azul daba al agua un matiz celeste y era preciso reconocer que los Turner habían dado en el clavo una vez más.

Iban siempre un poco adelantados con respecto a sus amigos. Él era un hombre alto, con vello en la espalda, largos brazos, y la nariz aplastada en la práctica de fútbol americano, con la congestiva mirada de quienes tienen demasiada sangre. Ella era una rubia de frágil esqueleto, con secos ojos azules, y labios siempre separados y salidos, como si se dispusiera a formular una pregunta molesta o caprichosa. Nunca parecieron tan felices, y nunca pareció su matrimonio tan sólido y sano como en aquellos dos veranos. La natación les puso la piel morena y el cuerpo flexible y suave. Ted comenzaba el día nadando unos metros, antes de vestirse y tomar el tren, y Linda se pasaba la jornada junto a la piscina, como una reina, entre multitudes de húmedas matronas y niños mojados, y cuando Ted regresaba del trabajo encontraba una cocker spaniel party en plena celebración junto a la piscina, y la pareja terminaba la jornada a medianoche, cuando sus amigos por fin se iban, nadando desnudos los dos, antes de acostarse. ¡Que éxtasis! En la oscuridad, el agua parecía suave como la leche, y etérea como el hielo, y los nadadores se transformaban en gigantes, deslizándose de un lado a otro merced a una sola brazada.

En el mes de mayo siguiente, la piscina estaba llena como de costumbre, y, como de costumbre, se había reunido el habitual grupo de madres y niños, después de la jornada escolar, pero, cosa extraña, Linda se había quedado dentro. Se la oía, dentro de la casa, yendo de una estancia a otra, pero no salió, como en los anteriores veranos, con una alegre bandeja de hielo y un haz de botellas, así como los pastelitos y las limonadas para los chicos. Entonces, los amigos comenzaron a sentir la inhibición de presentarse en casa de lo Turner, con la toalla bajo el brazo, los fines de semana. Pese a que Linda había perdido peso y tenía elegante aspecto, y a que Ted se mostraba agobiadoramente jovial, el matrimonio desprendía el leve, insomne e inhibitorio aroma de las parejas con problemas. Luego, el día siguiente de la terminación del curso escolar, Linda se fue con sus hijos a casa de sus padres, en Ohio. Ted pasaba muchas noches en la ciudad, y la piscina permanecía desierta. Pese a que la bomba que hacía pasar el agua por el filtro seguía murmurando entre las lilas, la impoluta piscina comenzó a enturbiarse. Los cuerpos de abejas y moscas muertas comenzaron a puntear la superficie. Una pelota de plástico, moteada, flotó hasta situarse en un ángulo, junto a la palanca, y allá se quedó. La hierba entre las losas comenzó a languidecer. En el tablero de vidrio de la mesa junto a la piscina había una lata de abrillantador “Off!”, ya sin presión, y en un vaso de ginebra con agua Tónica flotaba una hoja de menta marchita. La piscina presentaba un aspecto desolado, como una charca de agua pútrida en la jungla. Parecía venenosa y avergonzada. El cartero, al meter en el cajín avisos de pagos atrasados y ofertas de publicaciones pornográficas, apartaba cortésmente la vista de la piscina.
Algunos fines de semana del mes de junio, Ted escapó de la ciudad y los pasó en la casa. Los familiares, al ir en automóvil a la iglesia, le vieron ocupado en rociar tristemente el agua con desinfectantes. Ted estaba pálido y flaco. Enseñó a Roscoe Chace su vecino de la izquierda, el modo de poner en marcha la bomba y de cambiar el filtro y le dijo las cantidades de cloro y Algitrol que debía añadir todas las semanas. Explicó que no podía cumplir esta tarea todos los fines de semana, como si la distancia que durante años había recorrido dos veces al día, yendo y viniendo de Nueva York, se había convertido en una cuesta imposiblemente empinada que llevará al pasado. En vagos términos, dijo que Linda había dejado la casa de sus padres, en Akron, y que estaba de visita en casa de s hermana en Minneapolis. A medida que la sorpresa de la desaparición de los Turner fue perdiendo potencia, la piscina iba pareciendo menos fantasmal y prohibitiva. Los niños Murtaugh —los Murtaugh eran los vecinos de la derecha de los Turner, y formaban una agitada familia numerosa— comenzaron a utilizar la piscina, sin que nadie les vigilara. Por esto, los viejos amigos de Linda, con sus hijos, comenzaron a hacer acto de presencia “para evitar que los chicos Murtaugh se ahoguen los unos a los otros”. Si, porque si algo melo les ocurría a los niños Murtaugh, los pobres Turner (el adjetivo apareció automáticamente) serían demandados en juicio y les pedirían las mil y una, precisamente en el momento en que menos gastos podían permitirse. Entonces, utilizar la piscina se convirtió en una especie de deber, en una muestra de lealtad.

Aquel mes de julio fue el más caluroso en veintisiete años. La gente transportó sus propios muebles de jardín, en automóviles del tipo rural, y los instaló en la piscina. Los hijos mayorcitos y las chicas suizas que servían en las casas bajo el régimen au-pair fueron investidos del cargo de salvavidas. En el garaje se encontró un cordel de nilón con flotadores de corcho, cuya finalidad era separar la zona de saltos de la zona de chapoteo, y se instaló en la piscina. Agnes Kleefield aportó una vieja nevera que se conectó a un enchufe en la parte alta del sótano en donde Ted solía trabajar en su banco de carpintería, y la nevera se utilizó para guardar hielo, agua de quinina y bebidas no alcohólicas. Junto a la nevera apareció una caja de zapatos con calderilla, a fin de que se efectuaran los pagos, según un sistema de honor y honradez, y en los peldaños que llevaban a la casa de los Turner se formó una colección de objetos diversos perdidos en la piscina y sus contornos, tales como gafas de sol olvidadas, aletas de natación, toallas, lociones, libros en rústica, camisas e incluso ropa interior. Aquel mes de julio, cuando la gente decía “nos encontraremos en la piscina” no se referían a la piscina pública situada junto al centro de ventas, ni a la del club de campo. No, ya que se referían siempre a la piscina de los Turner.

Resultaba difícil restringir la afluencia, sin dar lugar a situaciones embarazosas. Un obispo metodista que visitaba la población, dos economistas procedentes de Taiwan, un equipo femenino de balonvolea de Darién, un eminente poeta canadiense, el campeón de tiro con arco de Hartford, los seis miembros de un grupo negro de rock llamado “Los bienintencionados”, un ex amante de Ali Kan, la suegra de cabello azulenco de un asesor de Nixon que no alcanzaba todavía a tener categoría ministerial, un niño de seis semanas, un hombre que murió de accidente al día siguiente en Merrit Parkway, un filipino capaz de permanecer ochenta segundos en el fondo de la piscina, dos tejanos que iban siempre con un cigarro entre los dientes y el sombrero en la cabeza, tres reparadores de hilos telefónicos, cuatro expatriados checos, un estudiante maoísta de la Wesleyan, y el cartero, todos nadaron, en calidad de huéspedes, en la piscina de los Turner, aunque no lo hicieron todos a la vez. Cuando la multitud de las horas diurnas comenzaron a menguar, y la caja de zapatos volvía a ponerse dentro de la nevera, y cuando la última chica au-pair agarraba al último niño macerado y con carne de gallina y se lo llevaba temblando a cenar, comenzaba a subir la marea de las actividades del atardecer, principalmente la de los partidarios de las expansiones amorosas (los más notorios eran la señora Kleefield y el chico Nicholson), y otras actividades que algunos, con ganas de dramatizar, denominaban orgías. Cierto es que los chapuzones de última hora y los exitados resoplidos y gemidos a menudo impedían dormir a la señora Chace, y que los niños Murtaugh se pasaban horas en las ventanas de las buhardillas de su casa, armados con prismáticos. Además, las perdidas prendas interiores no dejaban de ser un indicio.

A primeras horas de un sábado del mes de agosto, los madrugadores encontraron un automóvil con matricula de Nueva York aparado en el garaje. Pero era tan normal ver allí automóviles de todo pelo —el lío de coches aparcados a menudo llegaba hasta la calle— que nadie prestó gran atención al asunto, ni siquiera cuando alguien advirtió que las ventanas del dormitorio, en el primer piso, estaban abiertas. Y, realmente, nada ocurrió, salvo que alrededor de la hora de la cena, cuando los visitantes nocturnos comenzaban a llegar en tropel, Ted y una mujer desconocida, del mismo tipo físico que Linda, aunque morena, salieron muy deprisa por la puerta de la cocina, subiendo en un automóvil y emprendieron el camino de regreso a Nueva York. De esta manera, las pocas niñeras que quedaban y los ardientes recién llegados pudieron vislumbrar las raíces de un divorcio. Los dos amantes habían estado presos todo el día en el interior de la casa. Ted temía las consecuencias jurídicas de que les vieran juntos, y de que quien les viera lo comunicara por escrito a Linda. Los tratos para llegar a un arreglo en materia económica estaban en un momento muy delicado, y únicamente el terror que Ted sentía ante los abogados de Linda pudo poner coto a la indignación que experimentó al ver, a través de la celosía, su piscina particular y privada convertido en un público carnaval. Después, y durante largo tiempo, a pesar de que no contrajo matrimonio con aquella mujer, Ted recordó el día que vivió con ella, como un par de fugitivos escondidos en una cueva, alimentándose de amor y de agua, yendo descalzos y de puntillas a las alacenas vacías que habían pensado llenar por la mañana, ya que llegaron la noche anterior, sin pensar en que aquella multitud les dejaría presos en la casa. Ted recordaba que el cabello de la muchacha le había cosquilleado un hombro, mientras ella estaba agazapada junto a él, en la ventana, y Ted al través de los irritados latidos de su sangre, sintió el esbelto cuerpo de la chica conteniendo la respiración para no reír.

Avanzado ya el mes de agosto, llegaron los días nubosos. Los chicos perdieron sus ganas de nadar. Roscoe Chace se fue de vacaciones a Italia. La bomba se estropeó y nadie la reparó. Los cuerpos de moscas muertas fueron acumulándose en a superficie de la piscina. Pequeños sapos engañados se lanzaron a ella, y nadaron y nadaron sin esperanza. Por fin, Linda regresó. Desde Mineapolis se había trasladado a Idaho, para estar allí seis semanas, y divorciarse. Las excursiones y el montar a caballo habían puesto a Linda y a los chicos con la cara morena. Los labios de Linda tenían un aspecto más seco e intrigado que en cualquier otro instante, como si todavía se empeñaran en formular debidamente aquel molesto interrogante. Se puso ante la ventana, en la casa que ya parecía carecer de muebles, ante la misma ventana en la que los dos amantes se habían agazapado, y contempló la desierta piscina. Los salpicones habían puesto verde la hierba a su alrededor, salvo en un lugar en el que había reposado largo tiempo una toalla, dejando un rectángulo castaño. Aquí y allá habían muebles de aluminio, rotos y abandonados, que Linda no había visto en su vida. Contó nueve botellas bajo la mesa con tablero de vidrio. La corchera divisoria con alma de nilón se había roto, y cada una de sus porciones flotaba independientemente. El plástico azul bajo el agua incolora parecía esforzarse en transmitir un alegre mensaje de otros mundos, pero Linda comprendió que la piscina carecía de fondo, que contenía una pérdida sin fondo, que era como una gran lágrima azul. A Dios gracias, nadie se había ahogado en aquella piscina. Nadie salvo ella, Linda. Comprendió que nunca sería capaz de volver a vivir allí. En septiembre, la casa fue vendida a una familia con hijos de muy corta edad, y, para evitar accidentes, esta familia no sólo vació la piscina sino que la sello con tubos de fierro y una densa tela metálica encima. Pusieron carteles de precaución alrededor, como si se tratara de un perro encadenado.

John Updike (Shillington, Pensilvania, 1932)

lunes, marzo 12, 2007

Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer



Rima XXIII - Por un beso
Por una mirada, un mundo,
por una sonrisa, un cielo,
por un beso... ¡yo no séqué te diera por un beso!

Rima XXXVIII - Dime mujer
¡Los suspiros son aire y van al aire!
¡Las lágrimas son agua y van al mar!
Dime, mujer, cuando el amor se olvida
¿sabes tú adónde va?

Rima LII

Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.
Pero aquéllas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquéllas que aprendieron nuestros nombres,
ésas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.

Pero aquéllas cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día....
ésas... ¡no volverán!

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar,
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido...,
desengáñate, ¡así no te querrán!